La batalla estaba encendida.
El caos reinaba en la arena: guerreros histéricos, cegados por la ira y por las ganas de ganar, solo por el hecho de hacerlo. Sus ojos ardían y echaban chispas; sudaban, gritaban, corrían de un lado a otro empuñando sus armas, atacando sin parar, de forma desordenada, alocada, e impulsiva.
Los guerreros eran hombres fornidos, atléticos, y valientes, aunque algo torpes, puro fuego, pura acción, poca reflexión.
Así es Aries: un lugar caliente, bullicioso, intenso, un lugar donde se pelea primero y se reflexiona después… si es que alguien lo hace.
Y entonces, de la nada, apareció un hombre, en medio del campo de batalla, no entró corriendo, tampoco gritando. Llego calmado, vestido de blanco, un poco desorientado, sin tener bien claro a dónde había llegado. Solo sabía una cosa: ese era el lugar donde debía habitar durante la siguiente década.
Su nombre era Neptuno, era un hombre hermoso, de presencia magnética, barba espesa, ojos profundos, labios gruesos; acuerpado, suave, seductor, tranquilo, romántico, místico, intuitivo; amaba la música, la magia, la ensoñación, meditaba, oraba, cantaba, hablaba en poesía y soñaba… incluso despierto.
Tenía un don especial: envolver a quienes lo rodeaban con su idealogia.
Jamás imaginó encontrarse con la escena que tenía frente a sus ojos, lo último que esperaba era llegar a un lugar lleno de bárbaros, luchando sin saber por qué.
Por un momento, casi lo atacan por error, pero Neptuno no reaccionó, se quedó quieto, parado en medio de la arena, y con su voz suave preguntó: ¿Por qué están peleando?
Nadie lo escuchó, tampoco entendieron la pregunta, porque además la respuesta era simple… luchaban porque sí, porque habia que luchar, para sentirse vivos, para ganar, para estar en movimiento. La batalla continuó.
Neptuno, entonces, sacó su instrumento y comenzó a tocar; poco a poco, los guerreros se detuvieron, lo miraron, se acercaron, la música los fue envolviendo.
Neptuno los estaba hipnotizando. Cuando terminó, dijo con calma: No se puede luchar así, sin un sueño, sin un ideal, sin un propósito.
Y comenzó hablar de cosas que jamás habían escuchado: visión, alma, sentido, paz interior; de luchar por algo más grande, de orar antes de la batalla.
¿Meditar? ¿Soñar antes de pelear?
Algunos guerreros se rieron, otros lo miraron con sorpresa, y algunos pocos, comenzaron a sentirse profundamente atraídos por esas ideas.
Neptuno tiene ese poder: embrujar, seducir, confundir. No es del todo confiable, puede ser engañoso, incluso traicionero, pero en ese momento, eso no importaba, los guerreros estaban fascinados escuchando a ese extraño recién llegado que hablaba de sueños, propósitos e ideales.
Y así estaban, medio embrujados, envueltos por esa niebla seductora, cuando unos días despues llegó Saturno, un viejo sabio, de mirada firme, hablando de límites, estructura y estrategia, que llega diciendo: Si!….El sueño es importante, pero sin plan, sin orden, sin disciplina y estrategia, no funciona.
Continuará…
Por Lina Montoya, Astralinis
